Hay un nuevo desarrollo en la historia humana que se está produciendo y que no se está contando.Aquí, intentamos explicarlo

3 jun. 2015

Argentina y el siniestro Plan Morgenthau

La historia suele ser contada a conveniencia. En la actualidad, mucho se habla del Plan Marshall de ayuda financiera de EEUU a la Europa Occidental de posguerra, y luego de un plan similar aplicado en Japón, así como también es muy promocionado el milagro –que de milagro tiene poco- alemán para referirse al rápido resurgimiento de la economía germana, y también el milagro económico japonés. 

Pero es muy poco conocido el siniestro Plan Morgenthau, que debe su nombre al secretario de Hacienda de EEUU durante la Segunda Guerra Mundial y que precedió al Plan Marshall, siendo sus propósitos diametralmente opuestos.

El Plan Morgenthau formó parte de la batería de medidas y de instituciones a ser creadas por los aliados a partir de 1944 (o tal vez ya en 1943), cuando la marea de la guerra se posicionaba en contra del eje (Alemania, Japón, Italia y sus aliados); pensadas todas esas ideas para dar el contexto al mundo de posguerra, acorde con las prioridades de las potencias que a la postre resultarían vencedoras.

Demostrando un claro afán vengativo, sin importar las tremendas consecuencias sociales de su implementación, el Plan Morgenthau buscó mantener a Alemania sumida en el atraso permanente, imposibilitándole realizar ninguna acción concreta tendiente a reencauzarse en la senda del desarrollo. Para eso, los encargados de aplicar a rajatabla las feroces pautas del Plan, debían propiciar cualquier acción orientada a mantener derruida y sin funcionalidad su infraestructura y a impedir recomponer la formidable estructura industrial y tecnológica que había caracterizado a este país desde fines del siglo XIX, además de evitar el progreso cultural de su población, incluso manteniéndola en niveles de pobreza económica y con carencias alimenticias, de sanidad y de instrucción. Con todo ello el Plan Morgenthau pretendía mantener a Alemania sumida en una economía primaria, subdesarrollada y desarticulada. Algo similar se pensó aplicar en Japón. 

Curiosamente, muy pocos autores se refieren directa y claramente al Plan Morgenthau y a la esencia de genocidio económico del mismo. 

Sin embargo, entre 1947 y 1949, la situación cambió radicalmente, con el inicio de la Guerra Fría. Bajo ese contexto, Alemania (en ese momento Alemania Occidental) y Japón pasaron a ser dos piezas claves para contener la expansión comunista en Europa y el Este y Sudeste Asiático, respectivamente.

EEUU necesitaba impulsar las reconstrucciones civiles, la rápida mejoría de las condiciones sociales y el fuerte resurgimiento económico de Alemania Occidental y de Japón para operar como barreras o líneas de contención del comunismo y para que sirvieran confiablemente como plataformas de los despliegues de tropas y materiales estratégicos en el contexto del conflicto ya existente y no declarado formalmente que se conoció como la Guerra Fría.

La aplicación del Plan Marshall, implicó automáticamente la caducidad total del Plan Morgenthau, vigente en Alemania, y su similar en suelo japonés.

Menos conocido aún, y por cierto no explicitado como plan de público conocimiento, es la implementación de lo que puede llamarse “el Plan Morgenthau aplicable a Argentina”, de cuya instrumentación por cierto no existen antecedentes formales, pero en cambio la sucesión de hechos sutilmente concatenados, muestran demasiadas “casualidades” como para no poder afirmarse que se trató (¿o se trata?) de una brutal maniobra de “guerra blanda”, que como suele ser usual en esos casos, tiene objetivos que se siguen buscando, sin importar en forma crucial los plazos de ejecución.

Cabe señalar que desde siempre hubo resistencias internas a ese rol de “país granja” subordinado, que se asignó desde afuera, con las complicidades internas. Ese factor de constante resistencia a las acciones colonialistas, sumado al reconocido enorme potencial de desarrollo de Argentina, y la posición referencial que el país tiene desde sus orígenes para las naciones hermanas íberoamericanas, sin duda debe haber pesado mucho, para condenarlos a un futuro de miseria y disgregación política, como fue claramente el objetivo final del feroz neoliberalismo aplicado en Argentina durante un cuarto de siglo.

A partir del “proceso” (1976-1983), se instauró con notable ferocidad y consecuente total falta de sensibilidad social, un conjunto de medidas que destruyeron brutalmente el aparato productivo nacional, siendo acentuado su perfil anti industrial y antitecnológico; resultando explícito el objetivo retrógrado y anacrónico de reinstalar las estructuras feudales del país–estancia que opere como dócil colonia de las por entonces excluyentemente poderosas economías del G-7, y en particular las de EEUU y Gran Bretaña. Fue sin ninguna duda la aplicación adaptada en tiempo y lugar del pernicioso Plan Morgenthau.

Pero el “Plan Morgenthau a la argentina” no solo se ciñó a los siete años del tristemente célebre “proceso” cívico–militar. Su aplicación continuó profundizándose en las épocas de la llamada partidocracia cleptocrática, que atravesando las presidencias de Alfonsín, Menem y De La Rúa, los llevó a  empujones a la severísima crisis de 2001/2002, la cual por muy poco no los condujo a una situación de balcanización en media docena de republiquetas dóciles, tal como estaba previsto por los megas poderes financieros transnacionales globalizantes. 

En todos esos años del cuarto de siglo neoliberal (1976-2001), la economía siguió deteriorándose, decayendo cualitativamente (cerrándose fábricas y desfinanciándose Universidades Nacionales y entes tecnológicos), el endeudamiento se acentuaba en forma descontrolada, la emigración de valiosa población seguía, y algunos hechos puntuales mostraban el perverso cariz que se imponía brutalmente: la transformación de escuelas técnicas en simples bachilleratos amorfos (una colonia-granja no “necesita” técnicos, ingenieros ni profesionales de ciencias puras); el vaciamiento de contenidos básicos en las escuelas (eliminando Historia y Geografía, y restando horas a Matemática y Lengua), con lo cual se buscaba embrutecer a la población; y el absurdo freno total impuesto a su muy eficiente y avanzado Sector Nuclear, entre otras medidas muy negativas e indudablemente probatorias de la ejecución de un plan de destrucción sistemática de la economía y el tejido socio cultural de Argentina.

Todo acorde a las “observaciones” del historiador canadiense-británico Harry S. Ferns, quien afirmaba que solo mediante una guerra civil podrían anularse los notables avances concretados a partir de 1943/45, y a la medida de los intereses de ambas grandes potencias anglosajonas que en el cuadro de un país destrozado, o peor aún balcanizado en media docena de republiquetas dóciles, volvería a ser un fácil proveedor de materias primas baratas; a la vez que dejaría ser un poderoso factor de unidad, como lo es hoy en el Mercosur, la Unasur y la Celac; y no sería ningún obstáculo para las ansias expansionistas de la troika EEUU-Gran Bretaña-OTAN, en el Atlántico Sur, en la Antártida, e incluso en La Patagonia.

De hecho, las ONGs y Fundaciones ecologistas, indigenistas, derecho-humanistas, de “estudios” económicos y similares; transnacionales o las locales asociadas, operan como arietes de las guerras blandas, con las que persistentemente agreden, para volverlos al redil de los dóciles dominados.

Una Argentina fuerte será un poderoso factor de cohesión de los bloques de poder Íberoamericanos y Caribeños; bloques a cuya consolidación se oponen las potencias neocoloniales del siglo XXI, sus poderes financieros y sus brazos armados. De esa forma también se podría evitar que –como sucedió antes tantas veces– esas grandes potencias los usen como válvulas de escape para exportar sus crisis y sanear sus economías a costa de otros.

Dicho esto, cambien la palabra Argentina por la de España y juzguen si sigue teniendo sentido.

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