Hay un nuevo desarrollo en la historia humana que se está produciendo y que no se está contando.Aquí, intentamos explicarlo

16 may. 2014

La educación moderna

Antiguamente, el hombre ya era considerado inteligente en su esencia, por lo que la sociedad sólo se encargaba de transmitir su cultura y conocimientos de un conjunto reducido de temas que eran considerados valiosos. Estos temas eran publicados en los libros; estos a su vez eran aprendidos por los maestros y éstos daban estos conocimientos a sus alumnos, es decir todo era por memoria.

Ahora el hombre es un organismo inteligente en total accionar con la sociedad la cual lo favorece para permitirle actuar y crecer en ese ambiente. Es una fase importante para que el hombre, usando su inteligencia, aproveche al máximo todo los beneficios que obtenga y pueda recoger sus resultados de acuerdo a los intentos que haya hecho.

Si este medio es difícil, entonces su inteligencia se pondrá en funcionamiento para superar cada uno de los problemas que se le presenten. Luego de solucionar los problemas entonces lo que ha hecho es aprender. Aprender entonces, es un manera empírica de saber como resolver problemas vitales y no sólo de sacar conocimientos de la memoria como única arma de inteligencia. Por ello ahora las experiencias van de la mano con la educación.

“El problema de la educación en el mundo moderno se centra en el hecho de que, por su propia naturaleza, no puede renunciar a la autoridad ni a la tradición, y aún así debe desarrollarse en un mundo que ya no se estructura gracias a la autoridad ni se mantiene unido gracias a la tradición” (Arendt). 

De nada sirve que un cangrejo sepa cómo migrar cada año, si se encuentra con una carretera que antes no estaba allí. Resulta mortal intentar cruzar por donde pasan los coches, siguiendo las pautas aprendidas durante siglos, como si nada hubiera cambiado.Durante cientos de años, los padres humanos han enseñado a los hijos a defenderse en el mundo y esto ha funcionado, porque el mundo al que se enfrentaban los hijos tenía normas similares. Se iban produciendo cambios, pero a un ritmo manejable.En los últimos 100 años los cambios sociales se han producido dentro de la misma generación. Yo mismo, nací en una dictadura, crecí en una guerra fía, trabajé en la bonanza, vivo en una democracia y me enfrento a una crisis brutal. Si ahora estuviera aferrado a lo que me intentaron enseñar, sería un parado con una familia, una esposa ama de casa y un título universitario buscando a alguien que me diera un trabajo.

Las personas que ahora están en la tercera edad enseñaron a sus hijos que la comida es el mayor de los dones. El trabajo y el esfuerzo eran la clave de la supervivencia. Sin embargo, sus hijos vivieron en un mundo en el que no faltaba la comida y el esfuerzo no es valorado más que el ingenio o el talento. Lo importante era la educación y la formación. Ahora, los chavales se encuentran con que ya apenas se valoran los estudios universitarios porque todo el mundo los tiene, ya no son una diferencia.Hace 100 años, había que ganarse el jornal sudando, luego hubo que estudiar para encontrar trabajo, ahora hay que ser emprendedor.En las últimas cuatro generaciones, muchos de los valores que los padres han inculcado a sus hijos han sido un obstáculo y no una ayuda a su desarrollo.

Expresiones como “En pleno siglo XXI” lo dicen todo. Cuántas veces hemos escuchado a alguien quejarse de una opinión retrógrada o trasnochada. Formar familia con 25 años es ahora una locura. Tener 4 hijos es una excepción. Hay decenas de ejemplos en los que despreciamos una opinión inadecuada y sólo necesitamos decir que es antigua para estar todos de acuerdo. “¡En pleno siglo XXI!”. Porque las doctrinas de hace 20 años ya no sirven. Y sin embargo, seguimos pensando que memorizar es la clave. Aprender la teoría conocida es la llave del éxito. Una cosa es que sea importante y otra es que sea lo único necesario.En muchas cosas somos conscientes de que lo que antes se enseñaba ahora no tiene utilidad, pero no nos damos cuenta de que lo que inculcamos ahora es posible que tampoco valga en el futuro. Los aprendizajes éticos, morales y teóricos de ahora pueden quedar trasnochados en el futuro, pero seguimos ahí… erre que erre… queriendo que se marquen como dogmas de fe y se conviertan en incuestionables.


El mundo cambia tan rápido que enseñar lo que ya se sabe no es tan útil como pensamos. Que los niños aprendan lo que los padres conocen es poco práctico si no está acompañado de una capacidad de pensamiento propio y adaptación.Nos resulta gracioso que los niños manejen los ordenadores mejor que los padres que, a su vez, programaban los vídeos que los abuelos no sabían manejar. Es una situación divertida que no nos abre los ojos.Y así un ejemplo tras otro.

Sin embargo, seguimos empeñados en que lo único importante en la educación es conseguir que los niños se comporten como los padres quieren. Padres y educadores están convencidos de que la educación es hacer que los niños crezcan actuando como los adultos creen que quieren, cuando muchas veces ni ellos mismos están de acuerdo con esa conducta y cumplen las normas a su pesar (cuando las cumplen, porque a veces actúan de una forma y predican otra diferente).Pocos son los casos en los que los adultos piden a los niños que piensen por sí mismos y esto será lo que les permitirá convertirse en personas responsables de sus vidas. No es sólo cuestión de saber sino de saber aplicar.No me estoy refiriendo a grandes temas filosóficos o de valores.  Algo tan simple como desenvolverse en el transporte público de la ciudad se puede aprovechar para que los chavales piensen por sí mismos. Todo aprendizaje debería venir de la mano de una reflexión previa.

Pero tranquilos papa y mamá, no estoy diciendo que permitas que tus hijos decidan y actúen como quieran. Sólo estoy animando a que les permitas pensar un poco por su cuenta. Claro que la educación en valores y en conducta es importante, pero no es incompatible con el fomento del pensamiento propio.

Conozco a muchas personas que están viviendo la decepción de no comprender el mundo porque éste no funciona como les habían dicho. Personas que descubren que casarse y tener hijos no les ha proporcionado la felicidad, que el trabajo no les ha dado la seguridad prometida, que el esfuerzo no trae la consecución de las metas, el príncipe azul nunca llega, la honradez no trae la plenitud, los estudios no siempre atraen al trabajo. ¿Y ahora qué? La mayoría de los adultos que conozco, en mayor o menor medida, no saben jugar al juego de la vida porque las normas que conocen ya no sirven.

Y entonces, en su expresión más exagerada, aparecen los fanatismos. Esas personas que defienden sus ideas sin entrar en razones, sin querer ni saber justificarlas. Insisten en que las cosas son como deben ser ¡Y PUNTO! Ni ellos mismos conocen los motivos, y tratar de ahondar en ello es peligroso, porque cuestiona su esencia. Gente que quiere imponer su criterio sin admitir debate. Personas que no son responsables ni de su propia opinión y, sin embargo, están ciegas ante sí mismas. Lamento decir que todos, en algún momento, hemos dejado salir esta faceta nuestra y creo que, en cierta forma y en cierta medida, es necesario para no volvernos locos. Pienso que un exceso de esta situación es síntoma de esclavitud a los principios inculcados. 

¿Te imaginas a una mujer joven pero educada hace 60 años, desenvolviéndose en el mundo actual? Seguramente le suceda lo que a los chavales de ahora que han participado en el informe PISA. Que no pueden reaccionar porque no saben pensar en situaciones desconocidas, nadie les enseña a dudar de lo que creen que conocen y a descubrir las normas de cada instante. Cuando las cosas no son como deberían ser, o reinventas las normas o te extingues, como los cangrejos.

A veces me encuentro situaciones en las que los padres siguen empeñados en embutir conductas a sus hijos sobre “como haría yo esto” y están creando una generación de zombies que intentarán vivir el futuro con las normas del pasado.

¿A qué tienen miedo los padres? Puedes formar a tu hijo para que se comporte de cierta forma y al mismo tiempo ayudarle a pensar por sí mismo de vez en cuando. ¡NO ES INCOMPATIBLE! Tal vez, los padres se encuentren en el mismo paradigma.

Ayudar a los niños a pensar no requiere un gran esfuerzo, ni sofisticadas técnicas. Es una cuestión más de ser que de hacer. Es tan sencillo como interesarse por lo que ellos están interpretando sobre las cosas que nos cuentan. Se trata de averiguar qué significa para ellos una pelea con una amiga, un día de colegio, un desengaño, un primer beso. Y luego que recojan la habitación “porque debe estar ordenada”, lo uno no quita a lo otro.Es cuestión de ayudarles a descubrir qué está significando el mundo para ellos y alejarnos de qué está significando para nosotros lo que nos están contando, porque no es nuestra vida, es la suya.

Está bien que los niños sepan y aprendan cosas pero se nos está olvidando permitirles pensar y eso marcará la diferencia en su vida cuando sean adultos.


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