Hay un nuevo desarrollo en la historia humana que se está produciendo y que no se está contando.Aquí, intentamos explicarlo

14 abr. 2014

Cómo la CIA se infiltró en Chile para derrocar a Allende

A días de conmemorarse los cuarenta años del golpe militar que acabó con el gobierno de Salvador Allende, el autor del reciente libro La CIA en Chile. 1970-1973 entrega detalles inéditos de la infiltración estadounidense que apoyó el alzamiento encabezado por Augusto Pinochet, cuyo régimen se prolongó por diecisiete años.



Chile se apresta a conmemorar este 11 de septiembre las cuatro décadas del golpe militar más devastador que ha conocido su historia, encabezado por el fallecido dictador Augusto Pinochet y que culminó con el bombardeo al palacio de La Moneda y el suicidio del presidente Salvador Allende.

Tanto el gobierno actual encabezado por Sebastián Piñera, como la oposición liderada por la candidata de la centroizquierda a la primera magistratura, Michelle Bachelet, realizarán actos para recordar una fecha respecto a la cual aún existe controversia en torno a las razones que llevaron a tan violento quiebre institucional.

El periodista chileno Carlos Basso lleva más de una década analizando los documentos desclasificados de la administración estadounidense vinculados con Chile. En base a este material, acaba de publicar el libro La CIA en Chile. 1970-1973, para cuya redacción seleccionó el material más relevante de los informes liberados por la inteligencia estadounidense respecto a este período.

A continuación, ofrecemos la entrevista exclusiva que el periodista ofreció a La Voz de Rusia.

—¿En qué momento comienza, formalmente, la infiltración de la CIA en Chile?

—Apenas se crea la CIA en 1947, se instala una oficina en Santiago, pues en el contexto de la Guerra Fría que estaba comenzando a estallar, Chile ya estaba en el radar de EEUU como un lugar interesante para los rusos... Adicionalmente, había un tema económico: las tres mayores compañías que había en Chile en aquellos años eran de capitales norteamericanos.

La oficina estaba ubicada en el mismo edificio que la embajada estadounidense, justo al frente del palacio de La Moneda, sede del gobierno y en donde también operaba la misión militar norteamericana que incluía a varios oficiales de la Agencia de Inteligencia del Pentágono (DIA).

Más tarde, en 1970, mientras se planificaba un golpe de Estado para evitar que Allende asumiera la presidencia, se enviaron a cuatro oficiales del tipo false flag (es decir, con identidades falsas) a operar en conjunto con los grupos de ultraderecha, los que terminaron asesinando al general René Schneider, quien era el Comandante en Jefe del Ejército chileno en esa fecha. Los cuatro oficiales fueron removidos de Chile apenas producido el atentado.

Ese mismo año, la CIA comienza a infiltrarse en los grupos de ultraizquierda, actividad que llega a su punto máximo en la época de Pinochet cuando se introducen por completo en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR). Ello, con miras a la propia inteligencia y no para compartirla con el gobierno de Pinochet, lo que no deja de resultar curioso.

—¿Cuál era la opinión de la inteligencia estadounidense respecto al gobierno de la Unidad Popular, encabezado por Allende, y la izquierda chilena?

—En general, la opinión era calamitosa, como era de esperar. Especialmente así lo pensaban el Director de la CIA en 1970, Richard Helms, y altos funcionarios del organismo como William Broe y David Atlee Phillips, quizá las dos personas que más responsabilidad tuvieron en todas las operaciones de la CIA en Chile entre 1970 y 1973.

No obstante, es muy interesante (y dramática) la posición que asumió el jefe de la oficina de la CIA en Santiago, Henry Hecksher, un exoficial de la Oficina de Servicios Estratégico (OSS) que se fogueó en Berlín, Guatemala y Laos. Hecksher se opuso al golpe de Estado que se pretendía dar en octubre de 1970 para evitar que Allende, ganador de las elecciones de septiembre de ese año, fuera ratificado por el Congreso.

Ciertamente, era un hombre de derecha, un agente histórico de la CIA que hizo lo que “tenía que hacer”. Pese a ello, envió varios cables a Washington indicando que no existían razones objetivas para el golpe. Igualmente, advirtió que el intento de secuestro que planeaban sus jefes en contra del entonces comandante en jefe del Ejército chileno, general René Schneider, culminaría en un baño de sangre… tal como sucedió.
Luego de que Allende asumió el poder, Hecksher fue despedido de la CIA, acusado de "socialista". Es más: hasta 1973 se decía en los pasillos de la agencia que él era el culpable de que Allende estuviera gobernando.

—¿Qué perfil manejaban los agentes de la CIA en torno a la figura de Allende? ¿Le veían como un elemento peligroso y potencialmente desestabilizador en América Latina?

—No hay tal perfil por parte de la CIA. Eso sí, existen varios documentos desclasificados respecto a Pinochet, incluyendo uno del Departamento de Estado (1989) que dice que padecía de depresión y daba a entender que sufría de esquizofrenia. De todas formas, respecto a Allende, en distintos documentos se arma una imagen bastante ecuánime, por curioso que parezca… Decían que era un hombre muy preparado, un político muy culto y respetado, y con mucho carisma. Asimismo, destacaban las críticas que le había hecho Fidel Castro por sus gustos "burgueses", especialmente por la ropa fina.
Creo que para la CIA el tema esencial no era Allende, sino la coalición de la Unidad Popular, ya que tenían conciencia de que, más allá del presidente había un poder político muy fuerte a sus espaldas: eso es lo que les preocupaba.

—Existe una famosa alocución del presidente estadounidense Richard Nixon respecto a cómo desestabilizaría el gobierno de la Unidad Popular mediante un plan que incluía “hacer gritar a la economía”. ¿Qué instrucciones puntuales recibieron los funcionarios estadounidenses y agentes de la CIA para llevar a cabo tal sabotaje?

—Las instrucciones son muchas y dependen del período. En 1970, cuando se quiso impedir la asunción de Allende, la CIA recibió, efectivamente, el mandato de evitarlo al costo que fuera necesario. Para eso, fueron diseñados dos planes de acción: el “Track I” y el “Track II”. El primero buscaba cooptar y sobornar al Parlamento para que no ratificara a Allende como presidente; el segundo era, derechamente, el empleo de la vía militar.

Después, en función de los documentos que conocemos -porque aún no se han desclasificado todos-, sabemos que el foco principal fue subvencionar a los principales partidos políticos de oposición, especialmente a la Democracia Cristiana y, en menor medida, al Partido Nacional.
No conocemos con detalle qué hizo la CIA al momento del golpe, pero sí podemos decir, sin temor a equivocarnos, que conocía hasta el más mínimo detalle de su planeamiento.

—¿Cómo eran las relaciones entre los agentes de la CIA y la inteligencia chilena? ¿Había un intercambio fluido de información o existían resquemores entre ambas partes?

—Había un intercambio muy fluido, especialmente entre los miembros de la DIA y sus pares de las Fuerzas Armadas chilenas. Tengo la impresión de que, mucho más que la CIA, entre 1970 y 1973 quienes manejaban información más fina, precisa y exacta, eran los oficiales de la DIA, especialmente por sus vínculos con la oficialidad chilena.

—Uno de los casos más singulares de la vinculación de EEUU con el golpe militar fue el asesinato del periodista Charles Horman, eliminado a días del alzamiento por “saber demasiado”, luego de sus contactos –casi casuales- con agentes de la inteligencia naval y la CIA que estaban actuando en Chile. Tanto su país como Pinochet ocultaron toda evidencia del caso. ¿Existe algún reconocimiento oficial de Washington de su participación en el crimen?

—No hay un reconocimiento explícito, pero sí -a lo menos- cinco documentos desclasificados que permitieron a la justicia chilena solicitar a ese país la extradición del oficial de inteligencia militar Ray Davis, implicado en la muerte de Horman. Estos documentos relataban la existencia de la llamada operación MCCHAOS, emprendida en conjunto entre la CIA y el FBI y que buscaba información sobre norteamericanos que, en distintas partes del mundo, eran tachados de radicales de izquierda, tal como sucedió con otro estadounidense apresado con Horman: Frank Teruggi.

—Si la CIA pudo infiltrarse en la izquierda chilena ¿por qué no supo “leer” las intenciones del régimen de Pinochet que acabaron en el atentado que acabó con la vida del excanciller chileno Orlando Letelier (1976) en Washington y que está considerado como el primer acto de terrorismo internacional en suelo estadounidense?

—La infiltración fue vasta hacia la ultraizquierda, no así hacia la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). Por cierto, la CIA estaba enterada al detalle de lo que ésta hacía en Chile, así como de sus planes en el exterior, pero aparentemente no supo interpretar las maniobras detectadas en Paraguay por el entonces embajador de EEUU, George Landau, en orden a infiltrar personal de la DINA en ese país.

—¿De qué manera Michael Townley, ciudadano estadounidense que ejerció como agente de la DINA y fue uno de los autores materiales del crimen contra Letelier se vinculaba con los agentes de la CIA en Chile? ¿Es efectivo que trabajó para la agencia estadounidense?

—Michael Townley nunca fue agente de la CIA. Esa es una mentira que inventó el jefe de la DINA, Manuel Contreras -quien sí recibió pagos de la CIA, algo que él niega pese a la documentación que lo ratifica- para tratar de evadir su responsabilidad en el crimen de Letelier. Lo que sí es efectivo es que Townley se ofreció varias veces a la CIA, pero nunca lo tomaron en cuenta… La verdad es que, de hecho, no habría pasado ni siquiera un simple examen psicológico. Era un sujeto excesivo, poco discreto, de gran estatura (por lo que no pasaba desapercibido) y con un afán desmedido por ser algo o alguien.
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